Now Reading:
Fuego Latino
Full Article 7 minutes read

Fuego Latino

Escrito por: Sebastian Mena

sebemena@gmail.com

Hace un año sufrí una leve crisis de identidad, cuando cambie de profesión y me di cuenta que quien era estaba atado a lo que hacía. Una vez que ya no hacía eso, ¿La pregunta era quién demonios era yo? En la ausencia de esta identidad me aferre a la cultural; canadiense/latino y esto motivó mis viajes a Suramérica.

En cuanto pisé el suelo latinoamericano, la madre tierra, fue clara que yo pertenecía allí. Físicamente encajaba con el paisaje. Era cuando abría la boca para hablar cuando la gente se daba cuenta de que era extranjero. Yo podía ver la confusión en las caras de mis hermanos y hermanas latinos, El se ve como nosotros, pero no suena como nosotros. El español es el primer idioma que aprendí en casa, pero al crecer en inglés y en Victoria, BC. hizo que mi español fuese un poco menos nativo.

Un día de otoño mientras caminaba por las calles de Santiago, Chile, conocí un colombiano amigable quién se sentó y habló conmigo. En cuanto comenzamos a hablar, vi su mirada confundida y me acostumbre a que después de eso me preguntaran ¿De donde eres? Cuando primero llegué a Latinoamérica mi respuesta siempre fue Soy latino, pero después de que recibir la cara de “No engañas a nadie” demasiadas veces es que me di cuenta que tenía que cambiar mi respuesta a “Pero nací y crecí en Canada” para satisfacer su duda. En cuanto mencionaba Canadá era inmediatamente catalogado un gringo. El colombiano amigable además de negarme mi estatus cultural también dijo “La sangre de un verdadero latino se vuelve fuego cuando escuchan el ritmo del tambor”. Mi primer pensamiento tras escuchar eso fue, eso suena de telenovela. Pero fue entonces que se me ocurrió que ¿Tal vez así piensan todos los latinos? Y claro que acertaron al catalogarme como gringo por tan sólo pensar eso. La verdad es que no estaba seguro de que mi sangre alguna vez se hubiese convertido en fuego o si esto fuese requerimiento para ser latino, si fuese así entonces no cumplo con los requisitos. El colombiano amigable se marchó, pero lo que dijo se quedó presente en mi mente, “¿Qué es lo que hace que mi sangre se vuelva fuego?”.

Unos meses después visité Rio de Janeiro al pre-carnaval. Para aquellos que no lo sepan el carnaval es literalmente una de las fiestas callejeras más grandes en el mundo. Esta celebración requiere demasiada preparación, incluyendo ensayos del escuadrón de samba – en el cual tuve el privilegio de participar. Antes de que siquiera llegáramos al salón de ensayos, un gimnasio viejo de escuela, ya se podía escuchar el sonido de los tambores a distancia. Se escuchaba como un rugido a distancia, como olas de mar en una playa con muchas piedras. Era el tipo de sonido que escuchas y hace que tu piel se erice y despierte cada célula en tu cuerpo. Dentro del espacio me encontré con un cuarto lleno de brasileños danzantes sudados. La energía en ese cuarto era masiva, pulsaba y hacia que mi espíritu vibrara como si quisiera salir de mi cuerpo. Todo vibraba, yo estaba sumergido en un mundo en donde los tambores, como un corazón brindaban vida. En ese espacio no existían problemas, estrés, ricos ni pobres, colores o raza, cero pretensiones solo energía eufórica que cargaba de energía con el golpeteo de la música. Mientras mi cuerpo pulsaba, danzaba, se movía al ritmo del tambor, este mismo encendía el lugar donde estábamos. Entonces fue que recordé a mi amigo colombiano, el tenía razón, la sangre de un latino se vuelve fuego y en Rio fue que sentí el calor.

 

 

Latino Fire

About one year ago I suffered a mild identity crisis. Shit hit the fan when I changed careers and realized that who I thought I was was attached to what I did. Once I didn’t do that anymore, the question was who the hell was I ? In the absence of this identity I latched onto my cultural one; Canadian/Latino and this prompted my travels to South America.

As soon as I stepped onto Latin soil, the motherland, it was clear that I belonged here.   Physically, I blended right into the landscape. It was only once I opened my mouth to speak, that I was exposed as an alien. I could see the confusion in the faces of my Latino brothers and sisters, He looks like us, but he doesn’t really sound like us. Spanish is the first language I learned at home, but growing up in English speaking Victoria, BC made my Spanish less than native.

One fall day, while I was walking through the streets of downtown Santiago, Chile, I ran into a friendly Colombian who sat and chatted with me. As soon as we started talking, I saw the puzzled look I had become accustomed to getting, followed by where are you from? When I first arrived to Latin America my answer was always I’m Latino, but after receiving the “you ain’t fooling anybody face,” one too many times, I realized this answer needed tweaking. So I added “but born and raised in Canada,” to satisfy the doubt. As soon as I mentioned Canada, I was instantly branded a gringo. The friendly Colombian, along with denying me my cultural status, also said “A real Latinos blood turns to fire when they hear the rhythm of the drums.”   My initial thought was, That’s very telenovela, But then it occurred to me that maybe this was just how most Latinos thought? And in fact they were accurate in branding me a gringo for even thinking that. The truth was, I wasn’t sure if my blood had ever turned to fire, and if it was a requirement for being Latino, then I was definitely not meeting the criteria. The friendly Colombian departed, but what he said stayed with me, “What turns my blood to fire?”

A few months later I was in Rio de Janeiro, pre-carnival. For those that are unaware, carnival is literally the biggest street party in the world. This celebration obviously requires a lot of preparation, including rehearsals for samba squads to practice—one of which I had the privilege of participating in. Before even arriving to the rehearsal hall, an old school gymnasium, you could hear the sound of the drums from the distance. It sounded like a rolling roar, like ocean waves crashing against a rocky shore. It was the kind of sound that, once you heard it, you couldn’t get to it fast enough. It’s the kind of sound that makes your skin tingle and wakes up every cell in your body. Inside the space, I was met with a room packed with sweaty dancing Brazilians. The energy of the room was massive, It was pulsating. It rattled and shook my spirit and made me feel as if it were trying to escape my body. Everything was vibrating. I was vibrating. I was submerged in a world where the drums, like a heartbeat, brought life. In that space there were no problems, no stresses, no rich no poor, no colour or race, zero pretension only energy; heightened, euphoric, charged energy moving to the pounding of the music. As my body pulsed, danced and moved to the beat It sparked, the room lit up. I remembered my Colombian friend—he was right, a Latinos blood does turn fire, and In Rio I felt the heat.

 

 

 




Input your search keywords and press Enter.